jueves, 1 de marzo de 2012

La Luna

Regla #10: Antojos de luna
Decima entrega (9na para mí) del Virus Macacoico.
 

Para esta entrega escribí el cuento, Luna entre las ramas. Debido a que me pidieron que lo sometiera a consideración para una publicación no lo puedo poner en el blog. Así que para completar el ciclo decidí compartir con ustedes una de mis canciones favoritas (y video) que utiliza como tema a la luna.
 
La Luna




I remember when I met you
All the stars were hanging in mid-air
in those moments - nothing mattered
But the way you caught me in your stare
We were walking - we were talking
We were laughing about the state of our lives
How our fates brought us together
As the moon was rising in your eyes

On and on the night was falling
Deep down inside us
On and on a light was shining right through

Chorus:
Ah la Luna la Luna
The night that we fell under the spell of the moon
Ah la Luna la Luna
The light that will being me back to you
The light of la Luna
In the hotels, in the cafes
All the world was mad with romance
In the harbor, moonlit water
All the ships were swaying in a dance
Then you held me and you kissed me
And I knew I had to be with you
You didn't ask me, you just took me
to the tiny bed in your tiny room

On and on the band was playing
A song of surrender
On and on the sun would soon break thru

Repeat chorus.

Now I walk along the streets of Marseille
the winter sky is cold and grey
and I don't know why I left you that day
and I don't know where you are

Songwriters: GUERRERO-FLORES, DENISSE / ARREOLA PALOMERA, RICARDO ARTURO / HUERTA-CASTANEDA, EDGAR ALBINO
La Luna lyrics © Universal Music Publishing Group, EMI Music Publishing

Escrito para el emborujo de "Contagiados por el virus" una serie de trabajos creativos inspirados en las reglas / ejercicios del libro "La Macacoa, vivirse la creación literaria", de la reconocida escritora Yolanda Arroyo Pizarro.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Infidelidad indecente

Regla #9: Escribir la despedida a un amor clandestino
Novena entrega (8va para mí) del Virus Macacoico.


Te veo, con la mirada profunda y la sonrisa de niño hombre. Te aspiro cada vez que te tengo cerca y se me nubla el entendimiento. Te sientas a mi lado en el autobús y te imagino descubriendo los secretos de las imágenes que pasan frente a tus pupilas y no me atrevo a exponer los míos para tu escrutinio. Escondido entre la multitud miro tu espalda y me pierdo en imágenes de placer que me perturban. Sé que eres de otro, pero también eres mío porque nadie puede evitar que imagine cada poro de tu piel canela y que te disfrute.

Y yo tengo dueño, aunque no niego que contigo le soy infiel de la forma más indecente que en el amor exista. Esa lascivia que no se limpia con el retorcer de la carne en sabanas sudadas, que nos crea culpa o nos aprieta el alma pero que a veces drena la calentura con cada pulsar de semen disparado cancelando la curiosidad apasionante de lo prohibido. Indecente porque es injusta, nadie gana, nada se pierde. O tal vez pierde el engañado, porque no hay nada concreto que reclamar pero de algún modo reconoce que una parte de mi pertenece a otro.

Esta es la infidelidad que nunca se cumple pero que siempre me delata con el brillo de mis irises cuando te tengo de frente y aunque rodeado de gente en un solo segundo te desnudo, te acaricio y te hago el amor sin que nadie lo note. Este es el sexo donde las manos entrelazadas del saludo se convierten en la oportunidad de sentir tu calor que produce un orgasmo silencioso y eyaculación seca, pero eyaculación al fin. 

Es la infidelidad en que sin que me muestres tu cuerpo lo palpo a través de todos mis puntos sensoriales y se exactamente como es la curvatura de tus nalgas y la caída de tu pene flácido, conozco la temperatura del interior de tu boca y la aspereza de tu barba al rozar mis testículos, percibo el aroma a musgo de tu entrepierna y la humedad embriagante de las axilas.

Se acerca mi parada. Otra vez llego a mi destino y es necesario que te diga adiós. Pero siempre serás más mío que de él, porque cada vez que te piense comenzaré nuevamente a poseerte.



Escrito para el emborujo de "Contagiados por el virus" una serie de trabajos creativos inspirados en las reglas / ejercicios del libro "La Macacoa, vivirse la creación literaria", de la reconocida escritora Yolanda Arroyo Pizarro.

sábado, 11 de febrero de 2012

Players

Regla #8: Escribir sobre pasar de ser esposa a ser chilla
Octava entrega (7ma para mí) del Virus Macacoico.



            Exhalo el humo del cigarrillo. El recuerdo de lo que acababa de pasar me hace sonreír de oreja a oreja. Inhalo. Hay algo especial en ese cigarrillo que se fuma después de un buen sexo. Abro los ojos y miro las cosas a mí alrededor. El efecto del aire acondicionado sobre el sudor y los fluidos que van secándose sobre mi cuerpo me estremecen. Me recuerdan el triunfo de mi misión. Nada más enbellacante que una larga sesión de sexo con una buena dosis de peligro. El ruido de la ducha encendida en el baño continuo me lo confirma. Tomo otra bocanada de humo y cierro los ojos pensando en los eventos de la noche. Me río recordando lo guapo que se veía cuando fue acercándoseme simuladamente entre la gente.

            —Que bueno verte de nuevo — me dijo. —Te ves muy bien.

            Esas simples palabras comenzaron un juego de toma y dame a través de la noche. Miradas ocultas y sonrisas pícaras que colábamos al pasarnos por el lado. Entre tragos y picadera buscábamos la forma de encontrarnos. Cerca de la medianoche, con dos bebidas en las manos se me acerco nuevamente.

            —Coño que rico te ves esta noche — me comentaste al oído.
            —Ya ves de lo que te perdiste — le dije.

            Luego de esas dos oraciones disertamos sobre las posibles razones nuestro susodicho rompimiento de pareja que en este momento nos ponía a distancia. Yo le cargaba toda la responsabilidad a él y él poco a poco cedía algo, porque yo sabía que algo quería obtener de aquel intercambio. Lo conocía muy bien.


            —No puedo más — dijo mirándome a los ojos. —Vámonos de aquí que me tienes empalmado.
            — ¿Y tu marido?
            —No me importa, por ahí debe estar entretenido. Ya cogerá pon cuando se canse de la fiesta.

            Y así, sin más, nos escurrimos disimuladamente entre los invitados de la fiesta y nos fuimos sin despedirnos de nadie. Descaradamente llegamos a su casa, que habíamos comprado juntos, y después de las dos copas obligatorias de la etiqueta de buenos modales nos dimos la tarea de recorrernos nuevamente. El sexo fue explosivo y desesperado. Exploramos cada pulgada de nuestros cuerpos, tan conocidos y tan ajenos a la misma vez. Los aromas que emanaban de nosotros me volvían loco. Jugamos a las cambiaditas como muchas veces lo habíamos hecho. La propuesta de infidelidad tendida sobre las sabanas nos calentaba aún más y empapados en sudor nos vinimos.

            Con los ojos cerrados sacudo las cenizas del cigarrillo en el cenicero colocado sobre la mesa de noche y cuya distancia conozco perfectamente como para no fallar. El ruido de los ganchos de metal de la cortina de baño deslizándose sobre el tubo me avisa que terminaste de limpiar con agua y jabón los rastros de lo que habíamos hecho. Siento tus pasos fuertes sobre la loza y sonrío. Con los ojos entreabiertos te veo afanado recogiendo cualquier cosa que pudiese delatar lo que allí acababa de pasar. Echas los condones usados en la basura y pasas el pañito secando alguna gota de semen que se haya derramado por el piso. Te conozco tan bien que se que no descuidarías ningún detalle. Me pregunto si llegaras a pedirme que me vista. Te tiras sobre la cama y me quitas el cigarrillo. Lo apagas como otras tantas veces. Mientras las gotas de agua caen de tu pelo a mi pecho me aprietas una tetilla, la del piercing, la que siempre te ha gustado más.

            —Carajo, si de chillo eres más caliente que de marido — me dices pícaramente. — Que rico lo hicimos. ¿Qué te parece si la próxima semana hago de un policía que te detiene a darte un ticket?

Escrito para el emborujo de "Contagiados por el virus" una serie de trabajos creativos inspirados en las reglas / ejercicios del libro "La Macacoa, vivirse la creación literaria", de la reconocida escritora Yolanda Arroyo Pizarro.

sábado, 4 de febrero de 2012

Una historia de amor en VII

Regla #7: Escribir sobre parejas que discuten
Séptima entrega (6ta para mí) del Virus Macacoico.

 

I.

—Tengo que confesarte que desde la primera vez que te vi no dejé de pensar en ti.

—A mi me pasó lo mismo ¿Dónde estabas escondido todo este tiempo?

—Esperando a que tú aparecieras.

—Pues aquí estoy y no voy pa’ ningún la’o…
 

II.

—Que mucho me gustas.

—Yo también te amo mucho.

—Es que no puedo vivir sin ti.

—Yo tampoco mi amor, no podría imaginarme la vida sin ti.

—Creo que es tiempo de que hablemos del futuro.

—Sí, me gustaría formalizar esto.

— ¿Por qué no nos mudamos juntos?

—Pensé que nunca me lo pedirías. Esto de estar llevando y trayendo es una pendejá’.

—Que rico, voy a tenerte todo el tiempo en el apartamento…
 

III.

Mera, ¿me puedes pasa un rollo de papel?

—Aquí esta. ¿Puedes cerrar la puerta del baño cuando estés cagando?

—Si te molesta me lo puedes decir, sae.

—Pues te lo estoy diciendo.

—Pero antes no me lo habías dicho.

—Por que antes no lo hacías y ahora sí. Y ya que estamos hablando de esto, ¿te puedes poner al menos calzoncillo cuando andes por ahí?

—Bueno, como me dijiste que me sintiera como en mi casa…


IV.

—Tienes unas ojeras de madre.

—Es que llevo varias noches sin poder descansar bien.

—Yo anoche dormí como piedra.

—Sí, ya me di cuenta, estabas roncando como un lobo y no me dejaste dormir.

—Y porque no me despertaste.

—Créeme que lo intenté, estabas como palo.

—Pues antes no te molestaba.

—Antes me quedaba solo los viernes y sábado y no estaba jodí’o en la semana para ir a trabajar. Tampoco estabas tan gordito, que me parece que ese es el problema.

—Pues si quieres te regalo de aniversario unos ear plugs para que no te quejes tanto y de una vez te regalo un tapón para que te lo pongas en el culo y dejes de tirar peos en la cama...
 

V.

—Ya me tienes jarto.

—Se dice harto. Y ¿cómo crees que yo me siento?

—Si llego a saber esto no me mudo contigo.

—Si llego a saber esto no te pido que te mudes...
 

VI.

En un restaurante con otra pareja.

—Wow. Siete años, ya pasaron la prueba —le dice uno de los amigos.

—Es que desde la primera vez que nos vimos quedé flechado.

—A mi me pasó lo mismo. Encontré mi media naranja, ¿verdad mi amor?

—Sí, mi chulería. Es cuestión de acostumbrarse, tú sabes, a las cositas pequeñas.

—No es fácil, pero se puede.

—Al principio fue algo difícil.

— Sobre todo cuando me mudé al apartamento. Créeme que es una jodienda eso de aprender a vivir juntos.

— Pero cuando uno encuentra a la persona que ama, lo demás no importa.

—Lo que hay que aprender es que uno no puede cambiar a tu pareja totalmente, lo que hay es que acostumbrarse a esas cosillas que no te gustan y que en verdad no son tan importantes.

—Sí, como cuando aprietan la pasta de dientes por el medio.

—O como cuando se quitan la ropa sucia y la dejan tirada en el piso del baño.

—O dejan la trastera en el fregadero.

—Bueno tú dices que te gusta fregar.

—Pero no tooooodoooo el tiempo.

—Pues si no dices naaaada, yo todavía no leeeeo la mente. Además yo soy quien siempre cocina, Ah, y limpio los baños.

 —Pues como no te gusta como yo cocino, y ni que tu comida fuera tan gourmet. Y el baño no lo limpio porque dices que no sé hacerlo porque a ti te gusta limpiar las ranuritas con un cepillo de dientes.

—Si no botaras tanto pelo y los dejaras pega’os en la bañera…
 

VII

—La cuenta, ¡por favor! —gritó el otro amigo.




Escrito para el emborujo de "Contagiados por el virus" una serie de trabajos creativos inspirados en las reglas / ejercicios del libro "La Macacoa, vivirse la creación literaria", de la reconocida escritora Yolanda Arroyo Pizarro.

jueves, 26 de enero de 2012

Caricia de un copo de nieve

Regla #6: Escribir sobre un viaje
Sexta entrega (5ta para mí) del Virus Macacoico.



            En diciembre de 1962, todo mi mundo era un pequeño pueblo al oriente de la isla, Juncos.  En ese momento yo no tenía ninguna idea de lo que era el invierno.  Claro, realmente no tenemos cambios dramáticos de estaciones climáticas en esta parte del Caribe.  Recuerdo el repentino caos en casa de mi tía, llamadas a familiares, recogidos de paquetes. Inesperadamente me estaban probando ropas distintas que nunca había usado antes, calzoncillos extraños y sombreros calientes.  El gran evento era que iba con mi prima Milagros a pasar las fiestas navideñas con mi madre, que como muchos puertorriqueños había emigrado en busca de mejor trabajo y llevaba varios años viviendo en Ohio.  Fue toda una aventura, las fuentes y las banderas del aeropuerto de Isla Verde, subir las escaleras del avión, despegar, las azafatas, volar, aterrizar...

            Caminando por la pista el viento estaba muy frío y sentí rápidamente que las mejillas se me congelaban.  Estaba muy pachoso cuando nos encontró, ya que no la había visto desde hacía mucho tiempo.  Recogimos las maletas y ya en el carro el calentador nos retornaba a un ambiente más cálido.  En el recorrido a la casa, mirando por la ventana del auto, el panorama que veía me parecía hermoso, todo cubierto de blanco, grandes casas, y los árboles desnudos iluminados de lucecitas como por arte de magia. Era como una visión; y luego llegamos a la casa. De camino por la acera hacia la entrada, desde el cielo oscuro comenzaron a caer lo que me pareció plumas de hielo.  Miré hacia arriba, eran muchas y comencé a girar mientras me reía e intentaba atraparlas. En uno de los giros vi a mi madre que me miraba con sus cabellos adornados con copos de nieve. Se iban acumulando en su cabeza y parecían pequeños diamantes reflejando la luz de los arboles. El resplandor de su cabello era débil competencia con el brillo de sus ojos y su sonrisa. Y me sentí amado. De esto hace muchos años, pero aún hoy cierro los ojos y puedo sentir la caricia de los copos de nieve derritiéndose con la calidez de sus besos.



Traducción de un cuento en dos párrafos escrito para una competencia de Circ du Soleil en 2007 previo a la apertura de Wintuk, su espectáculo estacional de Navidad en Nueva York (me descalificaron porque no aplicaba a Puerto Rico, aunque nunca lo mencionaron en las reglas).
Escrito para el emborujo de "Contagiados por el virus" una serie de trabajos creativos inspirados en las reglas / ejercicios del libro "La Macacoa, vivirse la creación literaria", de la reconocida escritora Yolanda Arroyo Pizarro.

jueves, 19 de enero de 2012

Evaluación de Satisfacción del Cliente

Regla #5: Escribir sobre aniversarios que no se celebran
Quinta entrega (4ta para mí) del Virus Macacoico.


            El lugar era como una súper estación de trenes o el aeropuerto más grande que jamás había visto. La amplitud del lugar, la iluminación y la temperatura creaban un ambiente agradable. Fácilmente había miles de personas en ese espacio, pero no había caos. Las conversaciones sonaban como débiles murmullos y las personas parecían estar totalmente relajadas. La fila en la que se encontraba se movía rápidamente. Cada fila terminaba en una estación donde se encontraba algo así como un agente que repartía documentos y daba instrucciones. Imanol legó al principio de la fila.
 

            —Bienvenido— le dice el agente, entregándole un paquete de papeles. —El documento superior es una guía e instrucciones del proceso. El segundo es un cuestionario que debe llenar y entregar antes de dirigirse a su transporte.
 

            — ¿Un cuestionario? — pregunta Imanol intrigado.
 

             Sí, es una evaluación de satisfacción de nuestros clientes, estamos comprometidos en que todos hayan logrado la mejor experiencia posible. En el próximo salón encontrará un área cómoda para poder completar el cuestionario. También hay refrigerios. Puede tomarse todo el tiempo que necesite, siempre hay transporte disponible.
 

            Imanol se dirigió al salón continuo, tomó una bebida y se sentó a llenar el dichoso documento sin mucho ánimo. En ese momento lo más que deseaba era llegar a su destino final. Lo hojeo por encima y se horrorizó de lo largo que era. Respiró profundo. El cuestionario comenzaba con preguntas sobre su niñez, como fue creciendo, sobre su familia, luego su adolescencia. Pareciera incluir preguntas sobre todas sus experiencias. No dejaba nada fuera; años de escuela superior, universidad, hasta de su vida profesional. A medida que respondía las preguntas los recuerdos fueron brotando y la cara se le iluminaba de sonrisas y tímidas carcajadas. La molestia inicial de tener que llenar el cuestionario fue dando paso a las añoranzas y satisfacción. Con cada pensamiento las páginas se iban llenado fácilmente plasmando sus vivencias. Por pequeños momentos la nostalgia le trajo lágrimas a los ojos, pero aún en los instantes tristes se sintió satisfecho. Entonces llegó a la parte donde le preguntaban sobre sus amores.
 

            Repasar  los encuentros fútiles fue sencillo. Algunas grandes pasiones y poco compromiso. Otros, sexo caliente y nombres olvidados. Entonces llegaron los 5 recuerdos de las promesas de amor eterno. Aquellos que se piensan que serán para siempre. Imanol comenzó cavilando en el amor naive, ese, el primero, el que nunca se olvida. Se piensa que es lo máximo pero muy pocas veces se logran los años de promesa que tanto se juran. Luego meditó en el amor en el que le prometieron la luna y en el cual se empeñó en pisotear todo lo hermoso de la oferta comportándose como un imbécil.  Recordó como le restregó esa promesa de amor eterno y aquel que tanto lo amó se marchó cabizbajo con la mirada llena de desilusión y arrepentimiento. El tercer recuerdo lo nubla el coraje. Quien concibió el dicho de lo que aquí se hace, aquí se paga, lo creó basado en esta su gran decepción. En este intento lo dio todo y recibió solo maltrato, golpes, insultos y cuernos. Esa vez fue a Imanol a quien le tocó hacer la retirada dolorosa de un amor tan destructivo. Y como no iba a recordar el amor que nació  por sus aventuras en el mundo y que estuvo destinado desde el principio a intentar sobrevivir la distancia geográfica de donde vivían los enamorados. Sobrevivir también las barreras que imponen los países al amor y al tránsito libre de las culturas. Amor que la distancia lo hace más romántico y los encuentros esporádicos le dan un aire de excitación y morbo. Un amor con muchos planes pero destinado a morir. El alejamiento fue lento y plagado por el tedio. Entonces reflexionó en su quinto amor, el más sólido. Ese que nació, no perfecto, pero sostenible, alimentándose de las experiencias vividas. Sin mucho bombo y platillo ese amor se mete por las venas y sin que hayan grandes promesas se intuye que será para siempre. Ese amor llegó con nombre, Arturo. Y se acompañaron a través del tiempo, recibiendo la vejez entre caricias y abrazos.
 

            En el espacio para escribir qué había aprendido del amor, escribió con convencimiento y conocimiento, que en la vida se nos engaña cuando nos dicen que hay solo un gran amor, o solo una persona para uno en el mundo. La vida te trae y te lleva amores, con todos se es feliz en algún momento, no todos perduran y si se tiene suerte uno nos acompañará el resto de nuestros días. Pasó la última página y agotado ya por la nostalgia y los recuerdos se dirigió a su puerta de salida. Le entregó el documento al agente encargado del embarque.
 

             — ¿Listo para el abordaje? — le preguntó.
 

            — Tan listo como podría estarlo— respondió Imanol.
 

            — Le faltó llenar esta sección del cuestionario — le dijo luego de hojearlo. — ¿Hay algo que haya dejado pendiente que nosotros podamos hacer por usted? Nuestro lema es satisfacción garantizada.
 

            Imanol asintiendo con la cabeza le escribió una última solicitud y mientras el agente la leía se dirigió a su transporte. La escotilla se cerró tras de sí y se sentó en la única silla que había en la cabina. Desde el mostrador el agente se aseguró que la puerta estuviera herméticamente sellada y presionó el botón que decía anular.
 

            En ese momento Arturo se despertó de un sueño intranquilo y sorprendido notó que la gaveta de la mesa de noche de Imanol estaba abierta. Desconcertado se levantó para cerrarla y cuando se acercó percibió un rápido destello en el fondo del cajón. Intrigado rebuscó y encontró un sobre que nunca había visto. Vio que tenía su nombre y reconoció la letra de su amado. Lo abrió. Leyó con voz entrecortada el mensaje de la tarjeta.
 

            — Para mi amor, en nuestro aniversario.



Cuento corto
Escrito para el emborujo de "Contagiados por el virus" una serie de trabajos creativos inspirados en las reglas / ejercicios del libro "La Macacoa, vivirse la creación literaria", de la reconocida escritora Yolanda Arroyo Pizarro.

miércoles, 11 de enero de 2012

El groupie

Regla #4: Escribir la nostalgia

Cuarta entrega (3ra para mí) del Virus Macacoico.



            Cuando llega al coliseo hay una multitud inesperada. Se detiene un momento y titubea. Piensa que está a tiempo de regresar y no pasar por ridículo. Mira la taquilla y decide que va a entrar, después de todo pagar ciento cincuenta dólares por estar en primera fila no es cosa fácil. El descuadre de su presupuesto este mes bien vale volver a vivir momentos de su juventud. Y más que momentos de su juventud, aquellos momentos de su despertar al amor. Abochornado, busca la puerta con la fila más corta. Entrega su boleto y decide parase en un concesionario a darse una cerveza a ver si le quita la vergüenza de estar allí. Mientras se la bebe mira a su alrededor. El mar de canas en la mayoría de las cabezas que por allí se encuentran no le da tranquilidad. Hay tantos hombres como mujeres, algunos más jóvenes, más viejos, de todo tipo de cuerpos, de actitudes, y aún así no deja de sentirse como en el spot.


            Se toma la cerveza de cinco sorbos y pide otra para entrar más en calor. Esta se la toma más lenta mientras comienza a recordar la primera vez que lo vio en la televisión, luego las veces que salía corriendo a comprar el más reciente LP y el montón de conciertos a los que asistió. Sus pensamientos se llenaron de sus canciones favoritas. Aún casi a punto de cumplir sus cincuenta todavía se sabía toditas las letras y las coreografías también. Se coge tarareando una de ellas y se sonroja. Mira espantado a ambos lados, pero la gente a su alrededor estaba en su propio mundo. Una pareja se paró a su lado a pedir nachos y el adolecente que los acompañaba tenía cara de aburrido, muy distinto a cuando su mama lo llevó a su primer concert. Un grupito pasó alborotando y vestido como en los años 80. Se siente menos absurdo al ver ese derroche de añoranza ridícula. Piensa que a su edad, y por su rigidez impuesta, uno debe ser más conservador.


            Escucha la segunda llamada y termina la otra cerveza de un trago. Ya se siente más relajado. Comienza a reírse solo, por haber estado tan nervioso. Se acuerda de las paveras de adolescente y de cómo se peleaba con sus amistades cuando se lo guifiaban por las bandanas enrolladas que se ponía en la cabeza, un intento por imitar a quien admiraba y a quien amaba. Pide otra cerveza para llevar y se dirige a la entrada que identifica el área donde está su asiento frente al escenario.  Le enseña la taquilla al ujier para que lo dirija y se pregunta si la sonrisita algo sarcástica que le ofrece es una burla oculta a la locura de estar aquí en este nuevo reencuentro con su pasado. Pero ya el alcohol lo tiene contentito y esta vez no le importa. Llega hasta su silla y se acomoda. Viendo el escenario tan cerca se imagina que le cantarán en especial a él y se le revuelven sus feromonas. Abre el programa y allí, en la tercera página, esta la foto de su ídolo. Solo de verla se agita su respiración. Evoca sus primeras fantasías y de cómo esa cara, ese cuerpo, le provocó desconocidas experiencias eróticas y el descubrir el placer de la masturbación. Recuerda como después de una visita al camerino su fantasía se hizo realidad de forma clandestina y llena de sentido de culpa. Fueron muchas las noches en que sintió el roce de sus pieles y de la dicha de estar en sus brazos antes de que los descubrieran, obligándolos a separarse. Todavía conocía cada curvatura de sus labios y aún con el paso de los años podía imaginarse el olor del sudor de su cuerpo al hacer el amor. Nunca, jamás, nadie superó ese éxtasis. Ah… la nostalgia, la dulce nostalgia, la cruel nostalgia.


            La presión insistente en el muslo derecho lo devuelve a la realidad y mientras cruza la pierna para esconder su evidente erección las luces del coliseo se apagan. Con la obertura, el escenario se enciende de colores brillantes y de efectos visuales. Las pantallas proyectan a velocidad relámpago los highlights que abarcaban décadas de éxitos.  El humo llena el plató y los focos delinean las figuras entre las sombras. Al acorde de la música comienza la primera canción que bien se conocía. La letra le inmortalizaba esas noches que pasó bien montado, bien agarrado, meciéndose al ritmo de la noche y la brisa.


            Como un gran tumulto, la gente, algunos a punto de poder solicitar el seguro social, se pone de pie gritando al verlos en escena. En la actualidad algunos no bailan como antes, pero para él se contonean con la misma provocación y sexualidad de sus mejores tiempos. El público sigue chillando como desquiciados y el grita más fuerte que ninguno. Olvida la vergüenza. Finalmente se permite despojarse de la represión de tantos años. Extiende los brazos imaginando alcanzarlo, a uno, solo a uno, mientras le grita que lo ama. Entonces su corazón se detiene. Mientras se desploma en el suelo los que lo rodean siguieron bailando y cantando, pensando tal vez que se había desmayado como tantas veces ocurría en esos conciertos.


            Dicen que cuando uno muere lo último que se pierde es la audición y él se fue, con una gran sonrisa, escuchando las letras que lo hicieron algún día muy feliz.

Súbete a mi moto,
Nunca haz conocido
Un amor tan veloz.
Súbete a mi moto,
Ella guardará
El secreto de dos
De los dos…


Cuento corto
Escrito para el emborujo de "Contagiados por el virus" una serie de trabajos creativos inspirados en las reglas / ejercicios del libro "La Macacoa, vivirse la creación literaria", de la reconocida escritora Yolanda Arroyo Pizarro.