jueves, 26 de enero de 2012

Caricia de un copo de nieve

Regla #6: Escribir sobre un viaje
Sexta entrega (5ta para mí) del Virus Macacoico.



            En diciembre de 1962, todo mi mundo era un pequeño pueblo al oriente de la isla, Juncos.  En ese momento yo no tenía ninguna idea de lo que era el invierno.  Claro, realmente no tenemos cambios dramáticos de estaciones climáticas en esta parte del Caribe.  Recuerdo el repentino caos en casa de mi tía, llamadas a familiares, recogidos de paquetes. Inesperadamente me estaban probando ropas distintas que nunca había usado antes, calzoncillos extraños y sombreros calientes.  El gran evento era que iba con mi prima Milagros a pasar las fiestas navideñas con mi madre, que como muchos puertorriqueños había emigrado en busca de mejor trabajo y llevaba varios años viviendo en Ohio.  Fue toda una aventura, las fuentes y las banderas del aeropuerto de Isla Verde, subir las escaleras del avión, despegar, las azafatas, volar, aterrizar...

            Caminando por la pista el viento estaba muy frío y sentí rápidamente que las mejillas se me congelaban.  Estaba muy pachoso cuando nos encontró, ya que no la había visto desde hacía mucho tiempo.  Recogimos las maletas y ya en el carro el calentador nos retornaba a un ambiente más cálido.  En el recorrido a la casa, mirando por la ventana del auto, el panorama que veía me parecía hermoso, todo cubierto de blanco, grandes casas, y los árboles desnudos iluminados de lucecitas como por arte de magia. Era como una visión; y luego llegamos a la casa. De camino por la acera hacia la entrada, desde el cielo oscuro comenzaron a caer lo que me pareció plumas de hielo.  Miré hacia arriba, eran muchas y comencé a girar mientras me reía e intentaba atraparlas. En uno de los giros vi a mi madre que me miraba con sus cabellos adornados con copos de nieve. Se iban acumulando en su cabeza y parecían pequeños diamantes reflejando la luz de los arboles. El resplandor de su cabello era débil competencia con el brillo de sus ojos y su sonrisa. Y me sentí amado. De esto hace muchos años, pero aún hoy cierro los ojos y puedo sentir la caricia de los copos de nieve derritiéndose con la calidez de sus besos.



Traducción de un cuento en dos párrafos escrito para una competencia de Circ du Soleil en 2007 previo a la apertura de Wintuk, su espectáculo estacional de Navidad en Nueva York (me descalificaron porque no aplicaba a Puerto Rico, aunque nunca lo mencionaron en las reglas).
Escrito para el emborujo de "Contagiados por el virus" una serie de trabajos creativos inspirados en las reglas / ejercicios del libro "La Macacoa, vivirse la creación literaria", de la reconocida escritora Yolanda Arroyo Pizarro.

jueves, 19 de enero de 2012

Evaluación de Satisfacción del Cliente

Regla #5: Escribir sobre aniversarios que no se celebran
Quinta entrega (4ta para mí) del Virus Macacoico.


            El lugar era como una súper estación de trenes o el aeropuerto más grande que jamás había visto. La amplitud del lugar, la iluminación y la temperatura creaban un ambiente agradable. Fácilmente había miles de personas en ese espacio, pero no había caos. Las conversaciones sonaban como débiles murmullos y las personas parecían estar totalmente relajadas. La fila en la que se encontraba se movía rápidamente. Cada fila terminaba en una estación donde se encontraba algo así como un agente que repartía documentos y daba instrucciones. Imanol legó al principio de la fila.
 

            —Bienvenido— le dice el agente, entregándole un paquete de papeles. —El documento superior es una guía e instrucciones del proceso. El segundo es un cuestionario que debe llenar y entregar antes de dirigirse a su transporte.
 

            — ¿Un cuestionario? — pregunta Imanol intrigado.
 

             Sí, es una evaluación de satisfacción de nuestros clientes, estamos comprometidos en que todos hayan logrado la mejor experiencia posible. En el próximo salón encontrará un área cómoda para poder completar el cuestionario. También hay refrigerios. Puede tomarse todo el tiempo que necesite, siempre hay transporte disponible.
 

            Imanol se dirigió al salón continuo, tomó una bebida y se sentó a llenar el dichoso documento sin mucho ánimo. En ese momento lo más que deseaba era llegar a su destino final. Lo hojeo por encima y se horrorizó de lo largo que era. Respiró profundo. El cuestionario comenzaba con preguntas sobre su niñez, como fue creciendo, sobre su familia, luego su adolescencia. Pareciera incluir preguntas sobre todas sus experiencias. No dejaba nada fuera; años de escuela superior, universidad, hasta de su vida profesional. A medida que respondía las preguntas los recuerdos fueron brotando y la cara se le iluminaba de sonrisas y tímidas carcajadas. La molestia inicial de tener que llenar el cuestionario fue dando paso a las añoranzas y satisfacción. Con cada pensamiento las páginas se iban llenado fácilmente plasmando sus vivencias. Por pequeños momentos la nostalgia le trajo lágrimas a los ojos, pero aún en los instantes tristes se sintió satisfecho. Entonces llegó a la parte donde le preguntaban sobre sus amores.
 

            Repasar  los encuentros fútiles fue sencillo. Algunas grandes pasiones y poco compromiso. Otros, sexo caliente y nombres olvidados. Entonces llegaron los 5 recuerdos de las promesas de amor eterno. Aquellos que se piensan que serán para siempre. Imanol comenzó cavilando en el amor naive, ese, el primero, el que nunca se olvida. Se piensa que es lo máximo pero muy pocas veces se logran los años de promesa que tanto se juran. Luego meditó en el amor en el que le prometieron la luna y en el cual se empeñó en pisotear todo lo hermoso de la oferta comportándose como un imbécil.  Recordó como le restregó esa promesa de amor eterno y aquel que tanto lo amó se marchó cabizbajo con la mirada llena de desilusión y arrepentimiento. El tercer recuerdo lo nubla el coraje. Quien concibió el dicho de lo que aquí se hace, aquí se paga, lo creó basado en esta su gran decepción. En este intento lo dio todo y recibió solo maltrato, golpes, insultos y cuernos. Esa vez fue a Imanol a quien le tocó hacer la retirada dolorosa de un amor tan destructivo. Y como no iba a recordar el amor que nació  por sus aventuras en el mundo y que estuvo destinado desde el principio a intentar sobrevivir la distancia geográfica de donde vivían los enamorados. Sobrevivir también las barreras que imponen los países al amor y al tránsito libre de las culturas. Amor que la distancia lo hace más romántico y los encuentros esporádicos le dan un aire de excitación y morbo. Un amor con muchos planes pero destinado a morir. El alejamiento fue lento y plagado por el tedio. Entonces reflexionó en su quinto amor, el más sólido. Ese que nació, no perfecto, pero sostenible, alimentándose de las experiencias vividas. Sin mucho bombo y platillo ese amor se mete por las venas y sin que hayan grandes promesas se intuye que será para siempre. Ese amor llegó con nombre, Arturo. Y se acompañaron a través del tiempo, recibiendo la vejez entre caricias y abrazos.
 

            En el espacio para escribir qué había aprendido del amor, escribió con convencimiento y conocimiento, que en la vida se nos engaña cuando nos dicen que hay solo un gran amor, o solo una persona para uno en el mundo. La vida te trae y te lleva amores, con todos se es feliz en algún momento, no todos perduran y si se tiene suerte uno nos acompañará el resto de nuestros días. Pasó la última página y agotado ya por la nostalgia y los recuerdos se dirigió a su puerta de salida. Le entregó el documento al agente encargado del embarque.
 

             — ¿Listo para el abordaje? — le preguntó.
 

            — Tan listo como podría estarlo— respondió Imanol.
 

            — Le faltó llenar esta sección del cuestionario — le dijo luego de hojearlo. — ¿Hay algo que haya dejado pendiente que nosotros podamos hacer por usted? Nuestro lema es satisfacción garantizada.
 

            Imanol asintiendo con la cabeza le escribió una última solicitud y mientras el agente la leía se dirigió a su transporte. La escotilla se cerró tras de sí y se sentó en la única silla que había en la cabina. Desde el mostrador el agente se aseguró que la puerta estuviera herméticamente sellada y presionó el botón que decía anular.
 

            En ese momento Arturo se despertó de un sueño intranquilo y sorprendido notó que la gaveta de la mesa de noche de Imanol estaba abierta. Desconcertado se levantó para cerrarla y cuando se acercó percibió un rápido destello en el fondo del cajón. Intrigado rebuscó y encontró un sobre que nunca había visto. Vio que tenía su nombre y reconoció la letra de su amado. Lo abrió. Leyó con voz entrecortada el mensaje de la tarjeta.
 

            — Para mi amor, en nuestro aniversario.



Cuento corto
Escrito para el emborujo de "Contagiados por el virus" una serie de trabajos creativos inspirados en las reglas / ejercicios del libro "La Macacoa, vivirse la creación literaria", de la reconocida escritora Yolanda Arroyo Pizarro.

miércoles, 11 de enero de 2012

El groupie

Regla #4: Escribir la nostalgia

Cuarta entrega (3ra para mí) del Virus Macacoico.



            Cuando llega al coliseo hay una multitud inesperada. Se detiene un momento y titubea. Piensa que está a tiempo de regresar y no pasar por ridículo. Mira la taquilla y decide que va a entrar, después de todo pagar ciento cincuenta dólares por estar en primera fila no es cosa fácil. El descuadre de su presupuesto este mes bien vale volver a vivir momentos de su juventud. Y más que momentos de su juventud, aquellos momentos de su despertar al amor. Abochornado, busca la puerta con la fila más corta. Entrega su boleto y decide parase en un concesionario a darse una cerveza a ver si le quita la vergüenza de estar allí. Mientras se la bebe mira a su alrededor. El mar de canas en la mayoría de las cabezas que por allí se encuentran no le da tranquilidad. Hay tantos hombres como mujeres, algunos más jóvenes, más viejos, de todo tipo de cuerpos, de actitudes, y aún así no deja de sentirse como en el spot.


            Se toma la cerveza de cinco sorbos y pide otra para entrar más en calor. Esta se la toma más lenta mientras comienza a recordar la primera vez que lo vio en la televisión, luego las veces que salía corriendo a comprar el más reciente LP y el montón de conciertos a los que asistió. Sus pensamientos se llenaron de sus canciones favoritas. Aún casi a punto de cumplir sus cincuenta todavía se sabía toditas las letras y las coreografías también. Se coge tarareando una de ellas y se sonroja. Mira espantado a ambos lados, pero la gente a su alrededor estaba en su propio mundo. Una pareja se paró a su lado a pedir nachos y el adolecente que los acompañaba tenía cara de aburrido, muy distinto a cuando su mama lo llevó a su primer concert. Un grupito pasó alborotando y vestido como en los años 80. Se siente menos absurdo al ver ese derroche de añoranza ridícula. Piensa que a su edad, y por su rigidez impuesta, uno debe ser más conservador.


            Escucha la segunda llamada y termina la otra cerveza de un trago. Ya se siente más relajado. Comienza a reírse solo, por haber estado tan nervioso. Se acuerda de las paveras de adolescente y de cómo se peleaba con sus amistades cuando se lo guifiaban por las bandanas enrolladas que se ponía en la cabeza, un intento por imitar a quien admiraba y a quien amaba. Pide otra cerveza para llevar y se dirige a la entrada que identifica el área donde está su asiento frente al escenario.  Le enseña la taquilla al ujier para que lo dirija y se pregunta si la sonrisita algo sarcástica que le ofrece es una burla oculta a la locura de estar aquí en este nuevo reencuentro con su pasado. Pero ya el alcohol lo tiene contentito y esta vez no le importa. Llega hasta su silla y se acomoda. Viendo el escenario tan cerca se imagina que le cantarán en especial a él y se le revuelven sus feromonas. Abre el programa y allí, en la tercera página, esta la foto de su ídolo. Solo de verla se agita su respiración. Evoca sus primeras fantasías y de cómo esa cara, ese cuerpo, le provocó desconocidas experiencias eróticas y el descubrir el placer de la masturbación. Recuerda como después de una visita al camerino su fantasía se hizo realidad de forma clandestina y llena de sentido de culpa. Fueron muchas las noches en que sintió el roce de sus pieles y de la dicha de estar en sus brazos antes de que los descubrieran, obligándolos a separarse. Todavía conocía cada curvatura de sus labios y aún con el paso de los años podía imaginarse el olor del sudor de su cuerpo al hacer el amor. Nunca, jamás, nadie superó ese éxtasis. Ah… la nostalgia, la dulce nostalgia, la cruel nostalgia.


            La presión insistente en el muslo derecho lo devuelve a la realidad y mientras cruza la pierna para esconder su evidente erección las luces del coliseo se apagan. Con la obertura, el escenario se enciende de colores brillantes y de efectos visuales. Las pantallas proyectan a velocidad relámpago los highlights que abarcaban décadas de éxitos.  El humo llena el plató y los focos delinean las figuras entre las sombras. Al acorde de la música comienza la primera canción que bien se conocía. La letra le inmortalizaba esas noches que pasó bien montado, bien agarrado, meciéndose al ritmo de la noche y la brisa.


            Como un gran tumulto, la gente, algunos a punto de poder solicitar el seguro social, se pone de pie gritando al verlos en escena. En la actualidad algunos no bailan como antes, pero para él se contonean con la misma provocación y sexualidad de sus mejores tiempos. El público sigue chillando como desquiciados y el grita más fuerte que ninguno. Olvida la vergüenza. Finalmente se permite despojarse de la represión de tantos años. Extiende los brazos imaginando alcanzarlo, a uno, solo a uno, mientras le grita que lo ama. Entonces su corazón se detiene. Mientras se desploma en el suelo los que lo rodean siguieron bailando y cantando, pensando tal vez que se había desmayado como tantas veces ocurría en esos conciertos.


            Dicen que cuando uno muere lo último que se pierde es la audición y él se fue, con una gran sonrisa, escuchando las letras que lo hicieron algún día muy feliz.

Súbete a mi moto,
Nunca haz conocido
Un amor tan veloz.
Súbete a mi moto,
Ella guardará
El secreto de dos
De los dos…


Cuento corto
Escrito para el emborujo de "Contagiados por el virus" una serie de trabajos creativos inspirados en las reglas / ejercicios del libro "La Macacoa, vivirse la creación literaria", de la reconocida escritora Yolanda Arroyo Pizarro.

miércoles, 4 de enero de 2012

Baila como Juana la Jamona

Regla #3: Escribir sobre una amiga jamona
Tercera entrega (2da para ) del Virus Macacoico.



            Pásame la botella para echarme otro palito me dice el compay Genaro, con cara de funeral.

            Lleva sentado a mi lado desde el amanecer, lamentándose. Nos hemos bajado 2 botellas y media traguito a traguito. Nunca había visto al compay tan desconsolado. Ni siquiera cuando se le fue la mujer con el quincallero. Aquella vez cualquiera pensaría que le habían hecho un favor. Casi hace una fiesta y la “jumeta” que cogió fue de alegría y alivio. Le contó a todo el que quería escuchar lo feliz que se sentía y ni le importó que el vecindario lo tildara de cuernú. A partir de ese día se le veía siempre sonriente, amable y ocurrente. Se la pasaba haciendo alambiques, bebiendo y apostando.

            Al tiempo de tanto jolgorio un día Genaro apareció con una nueva inquilina para su casa. El pasado marzo, durante las fiestas patronales del pueblo de al lado, fue a llevarle a un amigo unas botellas de pitorro y se encontró con que había fallecido. En casa del amigo sus herederos no la querían allí  y la iban a echar a la calle. A la pobre la tenían abandonada y decidió rescatarla del maltrato que recibía. Desde ese día andaba con ella para arriba y para abajo. Con todo el que hablaba le presentaba a “Juana la Jamona”. Ella se instaló en la casa y en la finca. El compay decía que la Jamona le daba la compañía que ninguna mujer la había dado y a ella se le veía siempre contenta. Lo seguía por todo el barrio contoneando el culaje a cada paso. Otras veces, ya borracho, ponía música, la agarraba, se ponía a cantar, baila como Juana la Jamona, y la ponía a bailar dándole vueltas y vueltas hasta que Juana, molesta y brava, se quejaba y le gruñía. Tenía la piel rosadita y la carne firme. Se veía que con un poquito de cariño estaría bien rica. A cada rato le decía al compay que estaba como para darle candela. Si me daba un break, la enganchaba en mi varita. Definitivamente, me reía maliciosamente pensando que la pondría a bailar encajá en mi varita. Genaro me decía que dejara a la Jamona quieta, que si alguna vez veía varita sería la suya. Durante los siguientes 9 meses no hizo más que acompañar al compay y engordar. La condená se alimentaba muy bien. Sobre todo le gustaban las viandas, que la ponían potente y saludable. No había comida que sobrara que la Juana no se la acababa. Para el mes de diciembre había aumentado como 100 libras. Ya casi no salía a pasear con el compay por la comarca. Por esos días me dijo muy preocupado que ya era imposible vivir con la Juana.

            Ayer antes de las seis de la mañana, mientras me tomaba un buchesito de café, Genaro llegó corriendo a mi casa y me pidió que lo acompañara. Me llevaba a las millas de chaflán a la vez que trataba de contarme lo que había hecho. Estaba tan jendio que casi no lo entendía. Se había levantado antes del amanecer, decía, y mientras preparaba el desayuno, comenzó a tomar pitorro para sacudir el frío. Se había bebido como cuatro shots del licor cuando la Ramona se despertó. Le metió un cantazo por el trasero y cuando fue a acariciarla la muy cochina le mordió la mano. Ahí fue que el compay perdió la cabeza. El no sabe si fue el alcohol hablando o que ya lo tenía harto con tanta porquería, que la enganchó por la mandíbula, la sacó afuera y le clavó una cuchilla en el cuello y en el corazón. Los chillidos ensordecedores de la Jamona le volvió los sentidos y se dio cuenta que necesitaba mi ayuda.  El sol comenzaba a salir por encima de la montaña y me di cuenta de su ropa ensangrentada. Cuando llegamos al patio la sangre estaba saliendo a borbotones. Rápido la cogimos y comenzamos a bregar con la situación. Finalmente la descuartizamos y la metimos en la Frigidaire para que no se descompusiera.
 
            Hoy llevamos 9 horas sentados aquí. Aunque no hemos dicho nada, los vecinos comenzarán a preguntarse por el humo que sale de atrás de mi casa desde esta mañana. Y cuando vengan comenzarán a preguntar qué pasó con la Jamona.
 
             Oiga compay, sírvame otro me dice mirando una foto de la Ramona Tanto que quería a la Jamona, no sé porque me dio con tratarla como familia. Debí saber que no me iba a durar mucho. Y usted empeñao que quería atravesarla con su varita.

            Finalmente se me dio contesté riéndome y sobándome el brazo adolorido. — Deje de llorar compay que esto ya está listo, tenga, cómase el rabito.



Cuento corto
Escrito para el emborujo de "Contagiados por el virus" una serie de trabajos creativos inspirados en las reglas / ejercicios del libro "La Macacoa, vivirse la creación literaria", de la reconocida escritora Yolanda Arroyo Pizarro.